En 2008, por primera vez en la historia, hubo más personas viviendo en ciudades que en entornos rurales. De mantenerse esta tendencia para 2050 el 70% de la población mundial radicará en espacios urbanos. Y con la intensificación de este patrón migratorio emergen importantes desafíos para la sociedad contemporánea: la organización armónica del espacio compartido, la generación de modelos de colaboración verdaderamente eficaces y la búsqueda de dinámicas que favorezcan, de forma equilibrada, la estética y la funcionalidad.

El arquitecto finlandés Marco Casagrande (1971) encara este reto fusionando el urbanismo tradicional con la acupuntura, milenaria técnica de medicina tradicional china cuya premisa es desbloquear los canales energéticos para facilitar la circulación de la energía vital, el Qi. Percibiendo a la ciudad como un ser vivo, plenamente interrelacionado, la “acupuntura urbana” promueve el engranaje comunitario y establece núcleos localizados ―equiparables a los meridianos del cuerpo humano. Tecnología satelital, teoría de redes e inteligencia colectiva se aprovechan para intervenir quirúrgica y selectivamente aquellos nodos con mayor potencial regenerativo. La acupuntura urbana es un movimiento nuevo, sin embargo, existen ciudades —Berlín, por ejemplo— que desde hace décadas se han beneficiado de modelos similares: aquellos espacios alguna vez abandonados ahora albergan pequeños bosques, sitios de recreación comunitaria o jardines que alojan centros espontáneos de relajación.

Iniciativas como esta promueven la idea de que mientras existan talentos enfocados en el diseño de soluciones, la posibilidad de forjar un mejor escenario seguirá vigente. En este sentido el nacimiento de la acupuntura urbana responde a una misión histórica compartida por miles de hombres: la búsqueda genuina de una mayor calidad de vida.

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